El contrato está firmado, el local elegido y el render aprobado por la marca. Para muchos inversores, ese es el momento en que la franquicia empieza a sentirse real. Sin embargo, lo que sigue suele ser el tramo más largo e incierto del proceso: el que va del papel a la persiana abierta.
Cada semana que pasa en ese intervalo tiene un costo concreto. Se paga alquiler sin facturar, el capital queda inmovilizado y el plan de recupero de la inversión se corre en el calendario. "El inversor suele calcular la rentabilidad desde el día de la firma, pero el local empieza a generar recién el día que abre. Todo lo que pasa en el medio es dinero que no vuelve", explica Vanina Dalvit.

Trabas el proceso
Según la experiencia del estudio, las demoras rara vez vienen de un solo problema. Se acumulan en puntos previsibles del recorrido:
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El relevamiento tardío. Cuando el estado real del local se conoce después de firmar, aparecen sorpresas en instalaciones, estructura o servicios que obligan a rehacer el proyecto.
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Las idas y vueltas con el manual de marca. Adaptar la estética de la franquicia a un local con medidas y condiciones propias exige ajustes que, si no se anticipan, se resuelven durante la obra.
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Las habilitaciones. Cada municipio tiene requisitos y tiempos propios. Lo que en Buenos Aires se resuelve de una manera, en Córdoba o en otras ciudades del interior puede seguir otro circuito.
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Las compras fuera de tiempo. Equipamiento, carpinterías o mobiliario con plazos de entrega largos que se encargan cuando la obra ya está avanzada.
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La falta de un responsable único. Arquitecto, constructor, proveedores y franquiciantes hablan cada uno por su lado, y las decisiones esperan.
El factor distancia
Para un inversor radicado en Buenos Aires que apuesta por una plaza del interior, estos cuellos de botella se amplifican. "Cuando el dueño no puede estar en la obra, cada consulta se convierte en una espera. Si nadie tiene la autoridad técnica para resolver en el lugar, el proceso se frena hasta la próxima visita", señala la Arquitecta Dalvit.
A eso se suma el desconocimiento del mercado local: proveedores, mano de obra disponible, costos de referencia y la dinámica de los trámites municipales. Son variables que quien opera en la plaza conoce de antemano.
Cómo se acorta la curva de apertura
El enfoque del estudio parte de una idea concreta: la mayoría de los retrasos se pueden prever antes de empezar. Por eso el trabajo se ordena en una secuencia en la que cada etapa deja resuelta la siguiente.
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Relevamiento técnico antes de la firma o inmediatamente después, para conocer el local tal como es.
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Proyecto ejecutivo compatibilizado con el manual de marca, con las adaptaciones aprobadas por el franquiciante antes de iniciar la obra.
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Gestión de habilitaciones en paralelo al proyecto, y no al final.
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Cronograma de compras alineado con la obra, para que los elementos de entrega larga se pidan a tiempo.
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Dirección y gerenciamiento con un único interlocutor, que concentra las decisiones técnicas y coordina a todos los actores.
Para el inversor que está lejos, la diferencia también pasa por la información. "Trabajamos con reportes periódicos de avance, con fotos, plazos y desvíos. La idea es que el inversor sepa en todo momento cómo va su local sin necesidad de subirse a un avión", agrega la arquitecta.
Previsibilidad, también en el tiempo
En un modelo de franquicia, la promesa es justamente replicar algo que ya funciona. Para el Estudio Dalvit, esa lógica debe aplicarse también a la obra: "Así como una marca no improvisa su producto, el local no debería improvisarse. Cuando el proceso está ordenado, la fecha de apertura deja de ser una expectativa y pasa a ser un compromiso".
Para quien evalúa invertir en el interior, la pregunta no es solo cuánto cuesta abrir, sino cuánto tiempo va a llevar y quién va a responder por ese plazo.
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